Thursday, July 24, 2025

Quizás te sientas indigno, pero Dios

 



“Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.” Romanos 5:8 (NVI)

¿Alguna vez has mirado tu pasado y has pensado: “Es imposible que Dios ame a alguien como yo”? ¿Alguna vez te has sentido indigno del amor de Dios? Quizás la culpa por decisiones pasadas aún persiste. Quizás te hayas alejado de Dios antes, o quizás nunca te hayas sentido cerca de Él. A veces, los sentimientos de indignidad pueden aferrarnos tan fuertemente que silencian nuestras oraciones, nos aíslan de la comunidad cristiana y nos convencen de que no tenemos redención. Si es así, no estás solo. Pero la esencia del evangelio es esta: Dios no esperó a que te volvieras digno de amor para amarte.

“Pero Dios”. Estas dos palabras en Romanos 5:8 marcan un punto de inflexión, no solo en las Escrituras, sino en la historia de cada creyente. Pablo escribe que éramos débiles, impíos, pecadores e incluso enemigos de Dios. Es un diagnóstico aleccionador del corazón humano, y no es algo que nos guste admitir. Pero la Escritura no se detiene ahí. No nos deja en nuestro quebrantamiento. En cambio, nos lleva a la cruz, donde tuvo lugar la demostración más poderosa de amor.

“Mas Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

Jesús no murió por personas perfectas. No vino por los ya limpios ni espiritualmente pulidos. Vino por los quebrantados, los marginados, los avergonzados, los culpables; vino por nosotros en nuestra peor condición. Su sacrificio no fue una respuesta a nuestra bondad; fue una respuesta a nuestra necesidad. Su amor no fue ganado; fue dado.

La verdad es que ninguno de nosotros es digno del amor de Dios por sí solo. Por eso la gracia es tan maravillosa. La cruz no sucedió porque fuéramos dignos de ser amados, sino porque Dios es amor. El peso de nuestro pecado fue tan grande que solo la muerte del Hijo de Dios pudo pagarlo. Pero aún más poderosa que la realidad de nuestro pecado es la realidad de la misericordia de Dios.

Este amor nos transforma. Nos libera de la vergüenza. Nos da una nueva identidad, no basada en lo que hemos hecho, sino en lo que Cristo hizo por nosotros. Nos da la valentía para acercarnos a Dios, no como extraños ni fracasados, sino como hijos e hijas perdonados.

Así que hoy, si te sientes indigno, recuerda esta verdad: recuerda el evangelio. Recuerda la cruz. Recuerda que Dios te amó en tus peores momentos, y nada puede separarte de ese amor. No necesitas ganarte su afecto. Tu salvación no se basa en tu desempeño, sino en la cruz, donde se unen el amor, la justicia y la misericordia. Eres perdonado, bienvenido y tienes seguridad eterna, no porque seas bueno, sino porque Dios lo es. Simplemente necesitas recibirlo. Reflexión:

Tómate unos minutos para reflexionar sobre las áreas de tu vida donde la vergüenza aún resuena con fuerza. Luego, di esta verdad sobre ti mismo: “Pero Dios me amó ahí. Incluso ahí”.

Oración.

Señor, gracias porque tu amor no espera a que yo haga las cosas bien. Gracias porque siendo aún pecador, Cristo murió por mí. Ayúdame hoy a confiar en ese amor, a soltar la vergüenza y a vivir en la libertad que tu gracia me da. En el nombre de Jesús, amén.

Que el Senor te bendiga y te guarde, y que el Senor utilze estas palabras para renovar tu espritu.

Dr. Dimas Castillo

Thursday, July 17, 2025

Arraigados en Cristo

 

"Por tanto, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, sigan viviendo en él, arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, tal como fueron enseñados, y rebosantes de gratitud." Colosenses 2:6-7

Hace poco, conversé con alguien que realmente amaba la jardinería. Al compartir su pasión, recordé todo lo que ocurre bajo la superficie de una planta, todo lo que nunca vemos. Mi amigo me dijo: "Debajo de cada árbol encontrarás un complejo y fascinante sistema de raíces". Esa imagen me impactó profundamente.

Curioso, investigué más a fondo. Descubrí que las raíces son mucho más que simples anclas en la tierra: son líneas de vida. Atraen nutrientes esenciales, agua y oxígeno. Estabilizan la planta durante las tormentas. Almacenan nutrientes para las temporadas difíciles. En otras palabras, si las raíces de una planta no son sanas y profundas, el resto no puede sobrevivir, ¡y mucho menos prosperar! ¡Qué imagen tan poderosa de nuestra vida en Cristo!

Arraigados y Edificados en Él

Las palabras de Pablo en Colosenses 2:6-7 nos recuerdan el fundamento de la vida cristiana. Así como recibimos a Jesucristo como Señor —por fe, con humildad y en dependencia—, debemos *permanecer* en Él de la misma manera. No con esfuerzo propio, sino manteniéndonos conectados a nuestra fuente.

Debemos estar *arraigados* en Él; es decir, nuestras vidas deben beber de Él constantemente. No ocasionalmente. No solo los domingos o mierco,es. Sino diariamente, profunda y constantemente.

·       Cuando soplan los vientos de la vida —ya sea enfermedad, pérdida, incertidumbre o miedo—, solo las raíces nos sostienen firmes.

·       Cuando llega la sequía espiritual, es el sistema de raíces invisible de la confianza, la oración y las Escrituras el que mantiene nuestra fe verde y viva.

Así como un jardinero coloca cada planta en la tierra adecuada para su máximo crecimiento, Dios nos ha plantado en Cristo. Y Cristo, a su vez, nos nutre con su Palabra, su Espíritu, su presencia y su amor.

Establecidos en la fe

Cuanto más arraigados estemos, más *establecidos* nos volveremos. No se trata de ser perfectos, se trata de estar bien cimentados. Así como un árbol con raíces profundas puede doblarse, pero no romperse, en una tormenta, un creyente arraigado en Cristo puede mantenerse firme ante las dificultades.

Pablo añade que debemos rebosar de ‘acción de gracias’. La gratitud es el fruto de alguien cuyas raíces beben profundamente del pozo de la gracia. Cuanto más comprendemos lo que Cristo ha hecho por nosotros, más agradecidos nos sentimos, no solo en los buenos tiempos, sino incluso en las épocas de prueba.

Dejar que Jesús sea el jardinero de nuestra alma

Jesús no es solo la tierra en la que estamos plantados; también es el jardinero que cuida de nuestras almas. Poda lo que necesita ser podado. Riega con compasión. Nutre con verdad. Es paciente, perseverante y se apasiona por tu crecimiento. Jeremías 17:8 describe una hermosa imagen de una persona que confía en el Señor: "Serán como árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente extiende sus raíces. No teme cuando llega el calor; sus hojas siempre están verdes. En el año de sequía no se preocupa, y nunca deja de dar fruto".

No fuiste creado para sobrevivir con tus propias fuerzas. Fuiste creado para *permanecer* en Él, para que tus raíces se arraiguen profundamente en Cristo. Dejame terminar con estas preguntas de reflexión:

        ¿Son tus raíces en Cristo sanas y profundas, o superficiales y con dificultades?

        ¿Te nutres regularmente de su Palabra?

        ¿Le permites que te estabilice y fortalezca durante las tormentas?

Quizás hoy sea el día para dejar de simplemente sobrevivir y comenzar a prosperar eligiendo permanecer en Jesús con más intención. Que el Señor te bendiga y te guarde y que el Señor permita que estas palabras puedan renovar tu espíritu.

Dr. Dimas Castillo

 

 

Thursday, July 10, 2025

Atrapados… pero no derrotados

 



Éxodo 14:10-18

Versículo clave: “El Señor peleará por ustedes; ustedes solo necesitan estar tranquilos.” ​​– Éxodo 14:14

¿Alguna vez te has sentido atrapado sin salida? Quizás fue una carga financiera inesperada, una crisis de salud sin una solución clara, una relación que se desmoronó o un momento en que falsas acusaciones convirtieron a amigos de confianza en escépticos. La vida puede acorralarnos rápidamente en situaciones de las que parece imposible escapar.

Así es exactamente como se encontraron los israelitas en Éxodo 14. Después de ser liberados milagrosamente de Egipto, se encontraron atrapados: el Mar Rojo frente a ellos, el desierto a un lado y el ejército egipcio cargando por detrás. No había salida visible. Estaban, en todo sentido humano, atrapados en un callejón sin salida.

Pero su historia no terminó allí, y la nuestra tampoco, cuando caminamos por fe.

1. Dios usa los tiempos difíciles para hacernos crecer

Lo notable es que Dios los guió hasta este punto. Éxodo 14:1-4 deja claro que su camino, aunque parecía un error, era parte del plan de Dios. ¿Por qué haría Dios eso? Porque quería revelar algo más profundo: su poder, su fidelidad y su capacidad para abrir camino donde no lo había.

Los tiempos difíciles a menudo se sienten como un castigo. Pero más a menudo, son una preparación. Dios usa las dificultades para corregir, profundizar y fortalecer nuestra fe. Así como las plantas echan raíces más profundas cuando el agua superficial escasea, nuestras raíces espirituales se profundizan cuando la vida es dura. La fe no se demuestra en la comodidad; se revela en la crisis.

2. La paz es una elección, no un sentimiento

Los israelitas respondieron como muchos de nosotros lo haríamos; entraron en pánico. "¿Por qué nos trajiste aquí para morir?", gritaron (Éxodo 14:11). Con miedo, arremetieron contra Moisés y dudaron de la bondad de Dios. Sin embargo, Moisés respondió no con un plan estratégico, sino con una profunda verdad: «No teman. Manténganse firmes y vean la salvación del Señor…» (v. 13).

El miedo es natural, pero la fe es intencional. La paz en medio de la presión no proviene de comprender el plan; proviene de conocer a Aquel que lo tiene en sus manos. Cuando elegimos mirar nuestros problemas más que a Dios, la ansiedad aumenta. Pero cuando fijamos nuestros ojos en el Señor, la paz se hace posible, incluso en lugares imposibles. 

3. Cuando no sepas qué hacer, haz lo que sabes

Dios le dijo a Moisés: «¿Por qué clamas a mí? Dile al pueblo que avance» (v. 15). Puede sonar extraño; ¿avanzar hacia dónde? ¡Había un mar frente a ellos! Pero Moisés obedeció. Levantó su vara, y Dios hizo lo imposible: dividió las aguas.

Habrá momentos en los que no entendamos lo que Dios está haciendo. Pero en esos momentos, estamos llamados a seguir haciendo lo que sabemos que es correcto. Sigue andando en obediencia. Sigue orando. Sigue confiando. Y luego observa, observa con anticipación para ver lo que Dios hará.

Conclusión: Confía, espera y observa

En conclusión, debemos notar varias cosas sobre los momentos en que estamos entre la espada y la pared. Primero, los callejones sin salida son la oportunidad de Dios para mostrar su gloria. Los israelitas aprendieron ese día que ninguna situación está fuera del alcance del poder de Dios. Lo que pensaron que sería su muerte se convirtió en su liberación. Lo que parecía un final se convirtió en el comienzo de algo inolvidable.

Segundo, debemos recordar que los tiempos difíciles no significan que Dios esté enojado con nosotros. Existe una idea dañina que dice que un creyente verdadero y fiel nunca enfrenta tiempos difíciles a menos que haya hecho algo malo. Esta es una teología errónea y destructiva. Hay muchas referencias en la Biblia que muestran que los santos de Dios atraviesan adversidades no porque estén siendo castigados, sino porque están siendo usados ​​y entrenados por Dios. Los tiempos difíciles no significan que Dios te haya dado la espalda. En tercer lugar, necesitamos recordar que debemos elegir la actitud que adoptaremos en los momentos difíciles. Podemos entrar en pánico o confiar. Podemos centrarnos en las oportunidades o en los riesgos. Podemos alejarnos del Señor o acercarnos a Él. Puede que no parezca que podemos elegir qué actitud adoptar, pero la tenemos. Las reacciones negativas surgirán de forma natural. Tendrás que elegir responder con fiel confianza.

Finalmente, se nos recuerda una vez más que nunca debemos subestimar el poder y la sabiduría de Dios. No importa cuán desesperada parezca una situación, podemos estar a punto de presenciar una de las increíbles demostraciones de la sabiduría y el poder de Dios. Quizás no veamos cómo se abren las aguas, pero sí podemos ver vidas transformadas, circunstancias cambiadas y oportunidades que nunca habrían sucedido si no hubiéramos confiado, esperado y observado lo que Dios hará.

Que el Señor te bendiga y te guarde, y que el Señor use estas palabras para ayudarte a renovar tu espíritu.

Dr. Dimas Castillo

Thursday, July 3, 2025

“Venid, seguidme” – El llamado a ser pescadores de hombres



Mientras Jesús caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés. Estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores. «Venid, seguidme», les dijo Jesús, «y os enviaré a pescar hombres». Al instante dejaron las redes y lo siguieron (Mateo 4:18-20).

La ​​escena es sencilla, pero conmovedora. Jesús, caminando por la orilla del mar de Galilea, ve a dos hombres comunes trabajando: Simón y Andrés, echando sus redes, dedicados a su tarea diaria como pescadores. Pero en un instante, todo cambia. Con una sola frase: “Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres”, Jesús redefine radicalmente su propósito.

Esta invitación no era solo para Pedro y Andrés. Se extiende a cada uno de nosotros hoy. Jesús nos llama a ti y a mí a seguirlo, a seguir sus pasos y a convertirnos en pescadores de hombres, personas que, por la gracia de Dios, guían a otros a una relación vivificante con Jesucristo.

¿Qué significa ser pescador de hombres?

Ser pescador de hombres es ser alguien que se acerca a otros con la buena nueva de Jesús. Es un llamado a vivir en misión, no solo asistiendo a la iglesia o leyendo la Biblia para beneficio personal, sino permitiendo que Cristo nos use para atraer a otros a su reino. Cuando Jesús llamó a sus discípulos, no les ofreció consuelo, claridad ni control. Les dio una misión. Les prometió transformación: “Yo los haré”… y un propósito.

Observen la secuencia:

“Ven”: una invitación a una relación.

“Sígueme”: un llamado a la confianza y la obediencia.

​​“Yo los haré”: una promesa de transformación.

• “Pescadores de hombres”: un propósito que va más allá de sí mismos.

Jesús no nos llama simplemente a seguir sin dirección. Él nos moldea en quienes estamos destinados a ser al caminar con Él.

Respondiendo al llamado

1. Acepta su invitación:

“Sígueme” requiere un paso de fe. Para Pedro y Andrés, significó dejar atrás sus redes: su sustento, su seguridad y todo lo familiar. Seguir a Jesús tiene un costo. Puede significar dejar atrás la comodidad, el estatus o incluso ciertas relaciones. Pero la recompensa es mayor que cualquier cosa que dejemos atrás.

2. Estar dispuesto a ser transformado:

“Yo te haré” habla de un proceso. No somos perfeccionados al instante. Jesús toma nuestro potencial y comienza a moldearnos a través del Espíritu Santo, la Palabra y nuestras experiencias. El discipulado no es pasivo; requiere entrega, crecimiento y aprendizaje continuo. Debemos ser enseñables y estar abiertos al cambio.

3. Abrazar la misión:

Pescar hombres es participar en la obra redentora de Cristo. No se trata solo de “atrapar” personas y seguir adelante; se trata de caminar junto a ellas, discipularlas y ayudarlas a crecer en Cristo. El evangelismo es solo el comienzo. El verdadero discipulado implica comunidad, responsabilidad e inversión espiritual.

Un compromiso para toda la vida

Seguir a Jesús no es una decisión única. Es un camino diario: un compromiso para crecer a través de la adoración, la devoción, la comunión y el servicio. El llamado al discipulado es para toda la vida. Desafía nuestras prioridades y reorienta nuestro propósito. Crecemos al leer la Palabra de Dios, orar, reunirnos con otros creyentes y obedecer su guía.

Entonces, ¿cómo responderás? Jesús sigue caminando por las orillas de la vida cotidiana y extiende la misma invitación: "Ven, sígueme". ¿Lo seguirás? ¿Permitirás que moldee tu corazón, tu propósito y tu camino? ¿Permitirás que te convierta en pescador de hombres?

Que el Señor te bendiga y te guarde. Que renueve tu pasión por Él y te dé la valentía para dar un paso de fe. La decision es tuya. ¿Lo seguirás?

Dr. Dimas Castillo

 

Thursday, June 26, 2025

Perseverando en la oración



2 Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; 3 orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, 4 para que lo manifieste como debo hablar (Colosenses 4:2-4)

Vivimos en una economía consumista donde estamos condicionados a creer que la vida gira en torno a nosotros y que el consumidor siempre tiene la razón, y que si no te gusta el servicio que se ofrece aquí, mejor ve a otro lugar. Esta forma de pensar no solo ha afectado nuestra forma de vivir, sino también nuestra vida espiritual.

A menudo, nuestras oraciones a Dios son similares. Creemos que debemos presentarle todo lo que deseamos, sin importar lo que Él quiera de nosotros. Creemos que Dios nos debe algo y oramos para cobrar por nuestros servicios.

En nuestra cultura, solemos tener dificultades con la oración. En lugar de tener dificultades, deberíamos desarrollar una vida de oración centrada en el Señor, no en nosotros mismos. En este pasaje, Pablo nos presenta algunas ideas sobre cómo podemos desarrollar una vida de oración centrada en las necesidades del Reino de Dios, no en nosotros mismos.

¿Has notado lo que sucede cuando la oración comienza a desaparecer de tu vida diaria? A menudo, las cosas empiezan a sentirse mal: nuestros corazones se inquietan, nuestras mentes se desestabilizan y nos invade una sensación de vacío espiritual. La oración no es solo una disciplina espiritual; es el sustento de nuestra relación con Cristo. A través de la oración, hablamos con nuestro Padre Celestial, presentándole nuestras esperanzas, preguntas, confesiones, necesidades y gratitud. Es en la oración que recordamos quién es Él y quiénes somos nosotros en Él.

Creemos que Dios escucha nuestras oraciones, incluso en momentos de duda. Y confiamos en que, en su tiempo perfecto, las responde. A lo largo de las Escrituras, no solo se nos anima, sino que se nos manda a ser personas de oración. Cuando priorizamos la oración, ponemos nuestras cargas en las manos capaces de Dios y, a cambio, recibimos su paz. Una vida de oración constante nos mantiene en estrecha comunión con Dios y en armonía con su voluntad.

Incluso Jesús hizo de la oración una parte central de su vida. Su vida de oración fue tan impactante que sus discípulos le pidieron: «Señor, enséñanos a orar». Si Jesús, el Hijo de Dios, necesitaba pasar tiempo regularmente con el Padre, ¿cuánto más nosotros?

En Colosenses 4, el apóstol Pablo, escribiendo desde la prisión, insta a los creyentes de Colosas a ser constantes en la oración. Observen su petición: no les pide que oren por su liberación. En cambio, les pide que oren “para que Dios abra una puerta” para que el evangelio sea proclamado. El enfoque de Pablo, incluso encadenado, era difundir el mensaje de Cristo. Su petición revela un corazón que priorizaba la misión de Dios sobre la comodidad personal

¿Cuándo fue la última vez que le pediste a Dios que te usara para compartir su mensaje? ¿Cuándo oraste por última vez para que tu iglesia fuera una luz en la comunidad, proclamando con valentía la salvación en Cristo? Una vida marcada por la oración es una vida alineada con los propósitos de Dios. Al perseverar en la oración, vigilantes y agradecidos, Dios nos usará para abrir puertas, transformar vidas y acercar su reino. 

Que el Senor les bendiga y les guarde, y que el Senor permita que estas palabras les ayuden a renovar su espiritu.

Dr. Dimas Castillo

Thursday, June 19, 2025

Que Debo Hacer Para Ser Salvo?




"Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?" Respondieron: "Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y tu casa" (Hechos 16:30-31 (RVC)

Pocas preguntas en la vida importan más que esta. Todo lo demás —el éxito profesional, las relaciones, la riqueza, incluso la salud— se desvanece comparado con el peso eterno de esta pregunta: ¿Qué debo hacer para ser salvo? Esta pregunta no la hizo en una sinagoga, ni un erudito, ni durante un tranquilo estudio bíblico. La hizo un carcelero romano en un momento de crisis. Un terremoto había sacudido la prisión donde estaban Pablo y Silas. Las cadenas se habían caído. Las celdas estaban abiertas. La muerte parecía inminente, y sin embargo, lo que más temía el carcelero no era perder la vida, sino el alma.

¿Por qué hizo esta pregunta? No fue solo el terremoto lo que lo conmovió, sino la paz que vio en Pablo y Silas. A pesar de sus heridas y cadenas, estos hombres oraron y cantaron himnos a Dios. Ese gozo y esa fe en medio del sufrimiento fueron un testimonio poderoso. El carcelero vio algo real, algo más profundo que la religión: vio la presencia transformadora de Cristo.

Hoy vivimos en un mundo lleno de distracciones y falsas esperanzas. Mucha gente cree que la salvación se obtiene mediante buenas obras, rituales religiosos o méritos personales. Otros evitan la pregunta por completo, pensando que pueden posponer los asuntos espirituales para más adelante. Pero el evangelio aclara la confusión con claridad y gracia: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo».

Creer en Jesús no es un reconocimiento vago de su existencia. Es una entrega de corazón. Significa reconocer nuestros pecados, aceptar que Jesús murió y resucitó por nosotros y entregarle nuestras vidas como Señor. Esto no es una transacción; es una transformación. En el momento en que creemos, el Espíritu Santo entra en nuestras vidas, nos sella para la eternidad y comienza a hacernos más como Cristo (Efesios 1:13; 2 Corintios 5:17).

Y lo que le sucedió al carcelero no se detuvo con él. Toda su familia escuchó el evangelio y creyó. Este es el efecto dominó de la salvación: se extiende a través de individuos, familias, comunidades y generaciones. Quizás seas el primer creyente de tu familia, o quizás todavía estés orando para que tus seres queridos conozcan a Jesús. Anímate. Dios está en el trabajo de salvar hogares, tal como lo hizo con este carcelero romano.

Reflexión:

¿Te has preguntado: "¿Qué debo hacer para ser salvo?", y has respondido con fe? Si es así, regocíjate en tu salvación. Si no, que hoy sea el día de tu salvación. Y para quienes hemos creído, que nuestras vidas, como las de Pablo y Silas, reflejen el gozo, la paz y el poder del evangelio tan claramente que otros se sientan impulsados ​​a hacerse la misma pregunta. Que Dios te bendiga y te guarde, y que el Señor te ayude a renovar tu espíritu.

Dr. Dimas Castillo

Friday, June 6, 2025

Things Are a Mess—But There's Hope

 


If you've been following the news lately, you've probably noticed—we live in a messy, upside-down world. What was once considered good is now called evil, and what was once evil is now celebrated. Our world could be a much better place, but it's broken. Why? Because we sinned against God.

In the beginning, it wasn't like this. God created a perfect, sinless world for us to enjoy. He gave Adam and Eve clear instructions: "You are free to eat from any tree in the garden, but you must not eat from the tree of the knowledge of good and evil, for when you eat from it, you will certainly die" (Genesis 2:16–17). Sadly, Adam and Eve chose to disobey, and sin entered the world.

It began with a conversation between Eve and Satan, who appeared as a serpent. We don't know what the serpent looked like, or whether the conversation included small talk—but we *do* know the strategy Satan used. It's the same one he still uses today.

1. Satan casts doubt on God's Word.

He begins with, "Did God really say, 'You must not eat from any tree in the garden'?" (Genesis 3:1). I twists God's generous command into something restrictive. Eve responds, "We may eat fruit from the trees in the garden, but... you must not touch it, or you will die." This slight alteration opened the door.

2. Satan invites us to trust ourselves instead of God.

Eve saw that the fruit was good for food, pleasing to the eye, and desirable for gaining wisdom, so she took and ate. Then she gave some to Adam, who was with her, and he ate (v. 6). She trusted her senses and desires over God's Word. She leaned on her own reasoning instead of God's truth.

And we still do the same today. Satan tempts us to trust in ourselves—our systems, traditions, feelings, programs, even our own "goodness." He'll try to keep us from reading the Word or distort it in our minds. Either way, his goal is to make us trust ourselves or anything else instead of God.

When confronted, Adam blamed Eve. Eve blamed the serpent. And Adam even hinted at blaming God! The blame game began—and continues. But make No mistake: sin always devastates. Our spiritual condition is no one's fault but our own. As we look around today—at the moral decay, the disregard for human life, and the lack of virtue in leaders', it is clear: we made the mess.

Genesis 3 tells us how we went from "It is very good" to "What a mess!" Our sin broke a perfect relationship with God. But even in the middle of our rebellion, God gave a promise. In Genesis 3:15, God speaks to Satan: "I will put enmity between you and the woman, and between your offspring and hers; he will crush your head, and you will strike his heel." This is the first promise of the Messiah. That one of the descendants of Eve would suffer one day at Satan's hand, but ultimately defeat Him. That descendant is Jesus.

Even while the stench of sin still lingered in the Garden, God was already planning redemption. Though Adam and Eve were spiritually dead, God promised One who would restore spiritual life. God's grace was already at work.

So how do you begin again? It starts with faith. The Lord is supreme over all things. We can be honest with Him about our faith. His power does not fade and flows along with our confidence in Him. Regardless of how we feel, we can trust that God is always in control. While we are limited in our human ability to change the world, God has infinite power. God must awaken your heart, and you must respond. Here's a simple, honest prayer:

"Father, I don't come with any excuses. Like Adam and Eve, I've often turned from You. I am a sinner, and I've made a mess of my life. Today I accept the salvation You offer. I believe that Jesus died in my place, for my sin, and that His resurrection opened the door for anyone who believes—including me. I place my trust in Christ. Lead and direct my life. Thank You, Father, for Your grace. Love.

Yes, things are a mess. But they don't have to stay that way. May the Lord bless you and keep you always.

 Dr. Dimas E. Castillo